La Corrupción que nos ahoga



No ha pasado mucho tiempo desde que Marcelo Odebrecht pusiera a temblar a los gobiernos de latinoamerica con las más candentes declaraciones. Ningún ave se remonta tan alto con sus propias alas, decía William Blake. ¿Cómo llegó la empresa constructora más grande de Latinoamérica, cuyas operaciones trascienden su origen brasileño y atraviesan el atlántico, a ocupar el lugar de los gigantes?  Las cosas no han cambiado mucho desde 1944, año en que surgió la compañía constructora. Solo que lo
s negocios y arreglos bajo la mesa son más difíciles de sostener que antaño, en donde era más fácil ahogar el chisporroteo de una denuncia por corrupción que ahora, en donde la prensa y los medios alternativos hacen eco y seguimiento de tales sucesos.
Sin embargo, esto no ha evitado que la corrupción se apodere de las instituciones del Estado. Y en el campo de las licitaciones públicas, esto es el pan de cada día. Cuando las instituciones son débiles, se hace más difícil rastrear a funcionarios que coimean, y, sobre todo, evitar que la propuestas vengan desde el sector privado. Mientras más alto es el monto a licitar, hay empresas más grandes en medio. Y, naturalmente, los intereses en juego son mayores.
En este contexto, la empresa privada tiene varias formas de involucrarse en el negocio. La primera, si es grande y poderosa como Odebrecht o G&M, es financiando campañas electorales con la espera consecuente de facilidades en las licitaciones, lo cual no es difícil. Basta con elaborar bases con nombre propio, y zas.  Pero este escenario de millones (29 entre 2005 y 2014) se replica a pequeña —pero no menos importante— escala a nivel regional y municipal. Yo creo que los 29 millones de Odebrecht es solo una fracción insignificante de lo que se mueve en coimas anualmente. En Iquitos, se hablaba descaradamente del 10% de las obras públicas. En Huancayo o Trujillo, pueden impedir a fuerza de pistola que el funcionario de una empresa intente siquiera registrarse en un proceso de selección. Esto suele darse en lugares con poca presencia del Estado. Sí, pues, la ley del más fuerte, del más vivo. En Lima, ciudad sobre la que las instituciones tienen los ojos, esto es cada vez más difícil. Es por eso que las coimas se manejan directamente con las más altas esferas del Estado.
La debilidad institucional es, claramente, un problema del Estado. Y por su naturaleza, trasciende espacios y afecta cada uno de los aspectos de nuestra vida. Desde las empresas que buscan competir limpiamente, que invierten en propuestas bien pensadas y limpias, hasta a artistas o académicos que, sin querer, se ven relacionados con empresas corruptas al recibir premios de organizaciones que cuentan con el aval del Estado, sin saber  bien el origen de los fondos.


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